Un viento cruzando mi soledad

Exposición

Autor: Agustín Pontesta

Desde el 27 de julio de 2026

La exposición de Agustín Pontesta en Kempchen Gallery, Un viento cruzando mi soledad, nos acerca al universo de un artista para quien pintar significa adentrarse en un territorio situado entre la naturaleza y la memoria, entre lo visible y aquello que solo puede intuirse. Sus paisajes no describen lugares concretos: los evocan. Surgen como espacios abiertos, remotos e indefinidos, atravesados por horizontes que se diluyen, cielos sin límites y una naturaleza ante la que la figura humana parece hacerse pequeña.

Paisaje, memoria y territorio

En la obra de Agustín Pontesta, el paisaje deja de ser únicamente un motivo pictórico para convertirse en experiencia interior. Hay montañas, extensiones heladas, desiertos, fondos marinos, cielos y territorios que parecen pertenecer tanto a nuestro mundo como a algún lugar todavía por descubrir. A veces aparecen masas de figuras avanzando por espacios difíciles y extremos; otras, la materia ocupa casi por completo la superficie y convierte la pintura en un territorio por sí mismo. Sus escenarios pueden resultar inquietantes, incluso apocalípticos, pero conservan siempre una extraña belleza poética.

Esta mirada tiene mucho que ver con la propia trayectoria del artista. Nacido en San Sebastián en 1963, Pontesta sintió desde muy joven la necesidad de expresarse mediante la pintura y encontró en el artista Alfredo Bikondoa una figura determinante para reconocer y desarrollar su vocación. Desde entonces, su trabajo ha evolucionado en paralelo a una manera profundamente personal de observar el mundo.

Viaje, silencio y contemplación

El viaje ocupa también un lugar esencial en esa construcción. Amante de los grandes espacios abiertos y de los lugares remotos, ha recorrido en solitario algunos de los paisajes que después parecen resonar, transformados, en su pintura: la selva amazónica, los Andes, el desierto de Atacama, Patagonia, Tierra del Fuego, el Himalaya, India, Turquía, Jordania o Israel, entre otros territorios. No se trata, sin embargo, de trasladar esos lugares al lienzo de forma literal. Lo que permanece es la huella que dejaron.

Una montaña, una roca, un lago, una tormenta, un cielo nocturno o la inmensidad de un desierto se convierten así en memoria. Pontesta recoge esa impresión y la lleva a un nuevo espacio pictórico, donde realidad e imaginación comienzan a confundirse.

Su acercamiento durante años al budismo Zen y al budismo tibetano, así como la práctica del Sumi-e y de la caligrafía japonesa, incorporaron a su manera de entender el arte una relación especial con el vacío, el silencio y la contemplación. También su estancia en Londres, motivada por su interés por la pintura victoriana y especialmente por la obra de William Turner, forma parte de un recorrido artístico en el que tradición occidental y sensibilidad oriental terminan encontrándose.

Materia, azar y creación

Pero si el paisaje proporciona a Agustín Pontesta un territorio, es la materia la que le permite construirlo.

En la intimidad del estudio, el artista elabora sus propias pinturas a partir de pigmentos, aglutinantes y diferentes materiales. Trabaja sobre lienzo y sobre madera, experimenta con densidades y texturas y permite que parte del proceso escape al control absoluto. La pintura se desplaza, se mezcla, se rompe o encuentra accidentalmente su camino. El azar deja de ser un inconveniente para convertirse en colaborador.

Esa relación entre intención y accidente ocupa un lugar central en su proceso creativo. Técnicas próximas al dripping, el expresionismo o el collage conviven con intervenciones mucho más precisas y delicadas. En ocasiones fragmenta los soportes de madera para recomponerlos posteriormente. Aparecen grietas, cortes, agujeros y vacíos que no se esconden: pasan a formar parte de la obra.

Destruir para volver a construir.

Dejar que algo desaparezca para que pueda surgir otra cosa.

Es en esa tensión donde la pintura de Agustín Pontesta encuentra buena parte de su identidad. La materia puede parecer roca, hielo, tierra erosionada, corteza terrestre o profundidad marina. Lo microscópico puede adquirir la apariencia de un paisaje y una extensión inmensa puede recordar, de repente, la estructura de algo infinitamente pequeño. Arte y ciencia se aproximan hasta formar parte de una misma pregunta.

La naturaleza, la astronomía, la biología y la ciencia aparecen de este modo como intereses recurrentes en su trabajo. No para reproducirlos, sino para imaginar a partir de ellos. El artista construye universos posibles, territorios inexistentes y paisajes que parecen haber estado siempre allí, esperando ser descubiertos.

Un viento cruzando mi soledad

En Un viento cruzando mi soledad, esa manera de mirar encuentra un título especialmente cercano al mundo de Pontesta. El viento, el espacio y la soledad pertenecen a ese territorio en el que la experiencia exterior y la introspección se encuentran. Como ocurre durante sus largos viajes en solitario, la pintura puede convertirse también en una forma de retiro: no como huida del mundo, sino como búsqueda de lo esencial.

Para Agustín Pontesta, retirarse significa aproximarse a aquello que permanece cuando desaparece lo accesorio. Volver a una relación más elemental con la naturaleza, con el silencio y con nuestra propia condición dentro de algo mucho mayor.

Su pintura contemporánea nace precisamente en ese límite: entre control y azar, construcción y destrucción, presencia y vacío, figuración y abstracción. Una pintura donde el paisaje puede transformarse en materia y la materia, inesperadamente, volver a convertirse en paisaje.

Quizá por eso, ante sus obras, existe siempre la sensación de estar observando algo conocido y al mismo tiempo imposible de localizar. Un lugar que podría encontrarse en algún extremo del planeta, bajo el océano o a millones de kilómetros de nosotros. O quizá en nuestro propio interior.

En palabras de Agustín Pontesta

Cuando trabajo intento que el azar forme parte del proceso de creación. Sobre la superficie aparecen accidentes, materiales y fenómenos que me permiten descubrir imágenes que previamente no estaban previstas. Naturaleza, ciencia, astronomía y biología están muy presentes en aquello que me interesa, pero mi intención nunca es limitarme a reproducir lo que existe.

Creo paisajes y escenarios que no existen. Universos, planetas, fondos marinos y espacios profundos y misteriosos que aparecen frente a mí mientras trabajo. Me interesa ese cosmos que va desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande y la sensación de que ambos pueden formar parte de una misma ecuación.

Mis viajes en solitario y la pintura tienen para mí algo en común: son una forma de retiro. No entiendo el retiro como una huida del mundo ni como rechazo hacia los demás, sino como un camino hacia lo simple y lo esencial. La experiencia de los lugares por los que he viajado permanece en mi interior y acaba apareciendo, de una manera u otra, en aquello que pinto.

Una montaña, un lago, una roca, un cielo estrellado o una tormenta dejan una huella. Después, en el estudio, esa huella puede convertirse en otra cosa.

Creo mi propio cosmos y, al mismo tiempo, sé que soy parte de él. Me interesa conservar un espacio interior vacío, porque en ese vacío puede caber todo sin que nada tenga que permanecer.

Agustín Pontesta

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